LA PAZ, SEMILLA DE LA VIDA.

Érase una vez una paloma algo rolliza, que vivía acomodada alrededor de grandes barreños, de donde germinaban distintas especies de frondosas plantas. Todo el día se lo pasaba deambulando de vasija en vasija, alimentándose de lo que se encontraba en su peregrinar, pero nunca comiendo de los distintos brotes verdes que iban creciendo; más bien lo que hacía era ayudar a que ese crecimiento fuese más saludable, aportando abonos y ayudando a que no le faltase el agua.
Cierto día, mientras que observaba, casi pasmada, el verdor y la vitalidad de las que consideraba sus plantas, se le acercó una golondrina errante algo fatigada por su peregrinar migratorio, entablando una conversación con ella.
– Buenas tardes, señora paloma, qué bien se encuentra usted aquí en este paraíso.
– Buenas tardes, señora golondrina, pues la verdad es que no me puedo quejar, aunque le tengo que decir que aquí donde me ve tan tranquila y feliz, también vivo momentos de angustias y quebrantos.

– Pues lo que yo veo es que no le falta de nada. Tiene a su disposición la mayor variedad de alimentos que pueda tener y toda el agua que quiera. A esto le llamo yo, buena vida.

– Mi trabajo me cuesta el mantener este paraíso, pero le adelanto, amiga golondrina, que no es oro todo lo que reluce.

– ¡Qué sabrá usted! Si usted viniera de donde yo vengo, sabría lo que son miserias, odios, repulsas, guerras, injusticias; en definitiva, ausencia de vida. Aquí, según veo yo a simple golpe de vista, todo es verde, se respira amor, se respira vida.

– Golondrina, golondrina, has llegado y me has visto observando el verdor de las plantas y el azul del agua, pero no siempre estoy así. Todo lo contrario. Me paso todo el día recorriendo los distintos sembrados para destruir las malas hierbas que quieren dañar y corromper los brotes verdes que crecen con amor; también entierro mi piquito en la tierra buscando alimañas subterráneas que tratan de destruir las raíces que aseguren un futuro esperanzador de las plantas; trato que impere la justicia, abonando todo el terreno sembrado por igual, con el fin que todas las semillas, que al fin y al cabo representan a la vida, crezcan con las mismas oportunidades; trato con mis patitas, de desviar el agua para aquellas plantas que más la necesitan, haciendo crecer, aunque no te lo creas amiga golondrina, el espíritu de solidaridad entre los distintos gérmenes de vida que representan cada una de las plantas que ves crecer; y otras tantas tareas que llevo a cabo para que, en forma de valores de convivencia, brille y florezca la vida de esas plantas.

– La verdad es que es muy loable tu labor en estos parterres, señora paloma.

– Bueno, golondrina peregrina, y no te cuento las veces que he tenido que esquivar los disparos de esos desalmados furtivos que quieren acabar conmigo, a la voz de “acabemos con esta dichosa paloma de la paz”, porque saben que si expiro, que si me matan, morirían conmigo todas las plantas, ya que no habría nadie que las cuidase; y acabando con ellas, como gérmenes de vida que son, acabarían con el planeta Tierra.

– Pues sabe lo que le digo, señora paloma, que si le parece a usted bien, me uniré a su tarea de crear vida.


– Bienvenida seas. Toda la ayuda que reciba es poca.
LOLA ROMERO NÚÑEZ, COORDINADORA PROYECTO ESCUELA: ESPACIO DE PAZ.

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