El valor de la vida

Si un día pusiéramos la televisión y nos contaran que un avión de pasajeros se ha estrellado contra el Aneto, por ejemplo, a todos nos parecería una tragedia, una catástrofe, una masacre. En definitiva, una noticia tristísima. Cuando en Beirut, Líbano, explotaron aquellas 2.750 toneladas de nitrato de amonio el pasado mes de agosto, a todos se nos encogió el corazón. Todos rezamos por Beirut, por aquellas doscientas personas que habían fallecido y por las otras miles que habían quedado heridas. ¿Por qué demonios no hacemos lo mismo con la enfermedad que día a día nos acecha y nos perjudica? ¿Es acaso menos relevante? En España ocurre un Beirut y cuarto al día, pero a nadie parece importarle. En estos ocho meses de pandemia han muerto por culpa del dichoso patógeno más personas que en un año de la Guerra Civil (1936-1939). Cuando Vicente Vallés sale cada noche informando de más de 200 víctimas mortales en veinticuatro horas, tenemos la frivolidad de echar la oreja a un lado y seguir con lo nuestro, como si lo que dijese no fuera importante, como si esas 200 vidas perdidas no tuvieran familia y amigos que lloran su pérdida, como si no fueran nuestros compatriotas.

Es inexplicable también la conducta de los ​adalides de la libertad que protestan por las medidas de contención que se están estableciendo en todo nuestro territorio porque, según ellos, la economía se hunde. Pregunto yo, ¿acaso no se hunde la salud sin estas medidas?

Es aquí donde se plantea un dilema ético, ¿la salud o la economía? ¿El detrimento fisiológico de miles de personas y lo que este conlleva, o las vacas flacas? Es por muchos usada la excusa de que la gente que tiene pequeños negocios lo puede pasar muy mal debido al “cerrojazo” que implicaría un confinamiento, pero no olvidemos que lo más valioso que tiene una persona es su vida, y sin ésta, no hay economía que valga. Por lo tanto, parece obvio decidirse por salvar la salud ante el quebrantamiento de la economía, pero no viceversa. Durante la primera ola, de no haber sido por el estricto confinamiento llevado a cabo, habrían muerto más de trescientas mil personas en nuestra nación. Sin embargo, y aunque la cifra sea igualmente de una dureza difícil de asimilar, ​“tan solo” fallecieron 28.500, según la información oficial proporcionada por el Ministerio de Sanidad. Es un detalle a tener en cuenta que con esos 28.500 lo pasamos ya francamente mal, por lo que no me gustaría imaginar la cantidad de tristeza que provocaría una cifra diez o quince veces mayor. Y que conste que digo todo esto sin restarle importancia a lo mal que lo han pasado y lo están pasando durante todos estos meses las familias que han visto su sustento vital desvanecerse, esfumarse, desaparecer, casi como si fuera por arte de magia, pero creo que el balance en estas circunstancias tan duras debe estar a favor de la vida.

Para concluir, mi más sincero agradecimiento por los que han estado luchando para poder mantener la situación a raya y salvar a cientos de miles de personas que ninguna culpa han tenido de esta situación, no podremos pagar este enorme favor en lo que queda de siglo. Unámonos todos y lograremos derrotar al virus de una vez por todas. Con cooperación, solidaridad, empatía y bravura, lograremos salir de esta.

Autor, Miguel Palma, alumno de 1º Bachillerato

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *