POEMA


LA VENUS DEL JARDÍN
Estabas ahí. Enhiesta. Desnuda.
Sobre la fuente. Parecías ver, sin mirar.
Andar, sin moverte un ápice.
Con esa actitud silenciosa,
y con los ojos bajos,
como condenada a eludir el más vago deseo.
Afinados tus modales, en perfecta armonía,
sin estridencias,
el bosque mismo te servía de atrio.
Dabas paso, generosamente,
a mil surtidores orgullosos,
que sin ti, no hubieran existido.
Se hubieran perdido, serpenteando por el suelo,
sin sentido ni historia.
En los amaneceres,
la vida flotaba en tus mejillas
Y el sol se te hacía pleno a mediodía,
hasta caer a tus pies,
mientras tus labios se entreabrían de gozo.
En las horas oscuras,
te invadía la nostalgia,
y te vestías con el traje gris de la tristeza.
Con el rocío de la mañana,
te esfumabas hacia lo invisible,
para convertirte en velada ternura.
Inspirabas sugestivos sueños a los seres humanos,
cuando hermanabas,
la pasión más transida de sentimientos
con despiadada lujuria.
Ahora, mientras viva,
mientras sea dueño de mis amaneceres,
y posea estrellas y rocío:
será delicia pasear junto a ti,
leer, escribir, amar o soñar.
Venus del jardín, amiga mía,
te pregunté tu nombre en la mañana leve,
y me susurraste:
Soy Venus, la Afrodita griega, madre de Eros.
Soy de Grecia y de Roma.
De Milo y de Florencia.
Autor: Francisco Jesús Escudero Raya, 
profesor de Lengua y Literatura

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *